Sobre la guarda


¿Cómo surgió la costumbre de guardar el vino en barricas de roble?

Catadores Vip | 22 mayo

Para quienes disfrutan de los buenos vinos, el uso de las barricas de roble, sean éstas de roble francés o americano, está totalmente instaurado como signo de calidad. Tanto así que sin barricas no concebiríamos el vino tal y como lo hacemos.

Sin embargo, las barricas tuvieron un origen bastante alejado de esta asociación ya que en realidad surgieron como solución a un problema muy puntual: servían para transportar el vino de forma fácil y rápida.

Hace miles de años, cuando las civilizaciones griega y romana estaban en pleno apogeo y el vino era literalmente un manjar de dioses (de Dionisio y Baco, respectivamente), su almacenamiento y transporte se realizaba en ánforas de arcilla. Los romanos vieron una nueva forma de hacerlo: usar barricas fabricadas en madera, descubriendo así una oportunidad para transportar su vino de forma más segura y económica. Y resultaba ser que la madera de roble era la más común para fabricarlas por sus múltiples características: fácil de doblar, una de las maderas más abundantes en los bosques de Europa y, por último, era una madera impermeable por lo que el vino no se filtraba y permanecía intacto en su interior.

Los romanos y otras civilizaciones que llegaron tras ellos, a lo largo de los siglos, se dieron cuenta que el vino, tras pasar tiempo almacenado en las barricas, adquiría un sabor distinto y más interesante. Además, contaba con nuevos aromas que no tenía antes de pasar por la barrica como canela, especias o vainilla, procedentes del característico tostado de la madera. Así, casi de casualidad, descubrieron que el vino mejoraba tras su contacto con la madera y empezaron a almacenarlo en barricas con el fin de dotarlo de ese toque especial, aun cuando el transporte seguía siendo una parte relevante de su uso.

En esos tiempos inmemoriales, eso sí, las barricas no contaban con “fecha de caducidad” y se utilizaban las mismas una y otra vez tanto para transportar como para almacenar. Si se rompían, se arreglaban las barricas reemplazando únicamente la parte rota por lo que el vino no solía estar en contacto con madera nueva.

Fue recién a partir de los años 80 del siglo 20 cuando se implantó la fermentación y la crianza en barricas de roble nuevo, extendiéndose este método a los demás productores de vinos. Quince años más tarde, a mediados de los 90, España, y en concreto los vinos de La Rioja, trataron de implantar el método en la elaboración de sus vinos. Desde entonces el uso de barrica nueva se ha extendido, existiendo ambas posibilidades -nueva y vieja- cuya elección depende de las bodegas y de sus vinos.

Roble francés y roble americano

Además, con el paso de los años, el material de elaboración también ha evolucionado. Cuando los celtas empezaron a elaborar las barricas utilizaban roble francés, cuyo uso se extendió tras el descubrimiento de los romanos. Hoy en día existen diferentes materiales con los que elaborar las barricas aunque el de preferencia sigue siendo el roble, donde el de procedencia francés y americano son los más utilizados.

El roble americano, de poro más abierto y un precio algo más bajo, tiene un uso más reciente según explica el Museo Nacional de Historia Americana. En los años 50 del pasado siglo, siguiendo el ejemplo de los franceses, algunos bodegueros californianos quisieron experimentar con sus vinos almacenándolos en pequeñas barricas de roble americano (imitando un tamaño similar al de las barricas francesas), en lugar de almacenarlos en fudres. Descubrieron entonces que las barricas concentraban mejor los sabores y aromas y empezaron a madurar sus vinos en barricas de 225 litros hechas con roble americano.

Y es que a pesar de los intentos por buscar nuevas formas de envejecimiento, la barrica de roble sigue siendo el método estrella, ya sea con madera francesa o americana, nueva o vieja. Su descubrimiento ha sido uno de los grandes hitos de la historia, sin el cual, el vino que disfrutamos hoy en día no sería el mismo.